14 Dic Quien habla de ti, solo habla de sí.
Si quieres asumirlo de forma personal, cuando hablas de otro, hablas de ti.
Puede ser complejo comprender la “ley del espejo”, intentaré ser lo suficientemente didáctica para entenderme.
Soy una simple humana. No diré que tengo resuelto aún, eso que llamamos ser opinólogos. Pero sí puedo atribuirme una virtud, es que trabajo mucho en ello para revertirlo.
Hace un tiempo, me tocó vivenciar una situación que me dejó en evidencia cuánto aún puede dolerme cuando alguien habla de mí.
Simplemente y para ser objetiva, diré que “A” le dijo a “B” que yo había hecho con malicia algo (que no es real). “B”, fue con esta situación a C. Este último ser, que sabiendo que era mentira, me comentó de tal evento. Al enterarme sentí todas las emociones humanamente posibles por la injuria. Todo mi cuerpo sintió el arrebato emocional. Debo reconocer que en comparación a otros años pude llevar la situación de una manera más liviana, aunque eso no quitó dolor, frustración y sobre todo, me trajo un gran aprendizaje.
Un tiempo después de lo sucedido, puedo decir que estoy en paz con la situación. Para ello, le di vueltas a lo sucedido y lo maceré con diferentes jugos mentales. ¿A dónde quiero llegar con tanta autorreferencia? El punto es el siguiente: No importa lo que otras personas digan de ti. Lo importante es trabajar lo suficiente en uno mismo para que cuando eso suceda no pierdas ni bajes tu frecuencia vibratoria. Algo así como en lunfardo sería “que te resbale”. Y viéndolo al revés, no importa lo que el otro haga con su vida, no somos nadie para sentirnos en el derecho de juzgar o criticarlo.
Esta situación puede verse de diferentes maneras.
Podríamos reflexionar desde el punto de vista de que la vida es un juego y que mientras más me aferro a mi personaje (ego) más posibilidades tengo de sentir dolor, frustración, miedo e inseguridad. Por el contrario, mientras mayor distancia tome del personaje y me mueva desde la certeza de que es un juego, una realidad virtual proyectada en nuestra mente, menos me afectará lo que digan los demás. Sería algo así: mientras más en serio te tomas tu vida más rígido y frustrado te encontrarás.
Si puedes asumir que la vida es un juego y que por derecho mereces felicidad, asumiendo también que todo pasa para ser aprendido, generarás mayor resiliencia. La vida será más liviana y feliz. Es una decisión diaria elegir la paz y una gran responsabilidad asumirnos únicos dueños de nuestra vida.
Otra forma de verlo es mirar a cada persona con la que me encuentro, como si me estuviera sosteniendo un espejo que refleja mi mente, mi contenido mental. Si reflexionamos sobre este punto, lo que el otro hace está mostrándome mis propias actitudes. Tal vez no son hacia esa misma persona, pero quizás, sí estoy actuando de esa manera con un otro. En ese caso, cuando veo una situación o actitud en la vida, me permito mirar y fijarme ¿con quién yo tengo también esa actitud? Esta sería la famosa ley del espejo. Cada persona con la que me encuentro me está reflejando una actitud mía. Que si no la vería fuera, probablemente no me daría cuenta de que la estoy teniendo.
Asimismo (y por un camino similar) si tomo la certeza de que todo lo que sucede es a mi favor y para mí bien, una vez más, dejando de lado el ego, podré asumir la situación con confianza. Pase lo que pase, sea como resulte, esto es bueno para mí. En el contexto de lo sucedido, es bueno poder ver qué vínculos son verdaderos y cuáles no, esta situación es perfecta para decidir a conciencia con quien vincularnos y de quien tomar distancia.
Es importante comprender que lo que es bueno para el alma muchas veces no es bueno para el personaje, para el ego.Y viceversa.
Un curso de milagros nos trae una reflexión interesante. Hay dos formas de ver la vida. Una, es desde el miedo, otra es desde el amor. Cuando me paro en el miedo (el ego, el personaje) me siento dividido, me siento separado. Y, creo que cuando hablo de otro, estoy hablando de “otro”. Que no soy yo. Y marcar la falta en el otro es querer limpiar nuestra propia falta. Algo así como “míralo a él, qué feo, que alto, que bajo, qué grande y no me mires a mí, porque temo que me veas realmente y no me siento a gusto conmigo mismo”. En cambio, cuando me paro desde el amor, desde la unidad, no tomo personal las actitudes, conductas y decires del otro. Al contrario, si me paro desde el amor, entiendo que no hay nada que suceda en mi contra. No hay nadie allí que quiera lastimarme, no hay ninguna situación que realmente me ponga en peligro, o de la cual deba defenderme. Dejar de crear un mundo hostil, comienza por nuestra mente. Ambas formas de ver la vida están bien, dependerá de la experiencia y la percepción de cada uno. Pero hay que ser conscientes y responsables de cómo la vemos. Ya que como la percibamos serán los acontecimientos que luego sucederán.
Estas son solo algunas reflexiones acerca de nuestra conducta cuando hablamos, decimos o mentimos de los otros.
Teniendo en cuenta que nuestras palabras crean, lo que sembramos (digamos) va a traer un fruto.Y no podemos quejarnos del fruto amargo, si sembramos semillas amargas. Todo cae por su peso. La verdad tarde o temprano sale a la luz, si nos animamos a pensar y reflexionar antes de hablar, es más probable que sembremos semillas que traeran luego, frutos dulces a nuestras manos.
Para terminar me gustaría dejar una reflexión y enseñanza de Sócrates. Me la recordó una buena amiga:
En la Antigua Grecia, Sócrates tenía una gran reputación por su sabiduría. Un día vino alguien a encontrarse con él.
Y le dijo, – ¿Sabes que acabo de oír sobre tu amigo?
-Un momento – respondió Sócrates antes de que me lo cuentes, me gustaría hacerte la prueba de los 3 tamices.
-¿Los tres tamices? preguntó el alumno.
-Sí, continuó Sócrates, antes de contar cualquier cosa sobre los otros es bueno tomar el tiempo de filtrar lo que se quiere decir. Lo llamo la prueba de los 3 tamices. El primer tamiz es la verdad. ¿Has comprobado si lo que me vas a decir es verdad?
-No, solo lo escuché.
-Muy bien, así que no sabes si es verdad. Continuamos con el segundo tamiz, el de la bondad. ¿Lo que quieres decirme sobre mi amigo es algo bueno?
.-Ah no, por el contrario.
-¿Entonces? Sócrates le dijo: quieres contarme cosas malas acerca de él y ni siquiera estás seguro de que sean verdaderas. Tal vez aún puedas pasar la prueba del tercer tamiz, el de la utilidad. ¿Es útil que yo sepa lo que me vas a decir de este amigo?
-No.
-Entonces concluyó, Sócrates, lo que ibas a contarme no es ni cierto, ni bueno, ni útil, ¿porque ibas a decírmelo?