21 Jul Gracias Thomas.
Llego a Thoma a principios de marzo. Con una mirada de temor hacia el éxito.
Había estado los últimos días de febrero temiendo sin saber por qué. Esto me hacía pensar que en cualquier momento algo podría sucederme. Temía avanzar. Temía relajarme y disfrutar. Porque una parte de mí creía que de un momento a otro sucedería algo que me sacaría de este sueño, de la realidad del éxito que estaba viviendo.
¿A qué le llamo éxito? Vivo en el pueblo que me gusta a unas cuadras del mar. Puedo disfrutarlo durante todo el año, construí una red de amigos amorosos, comprensivos, compasivos, con los cuales puedo discutir de los temas más profundos de la vida, porque así me gusta vivirla. Alquilo una pequeña casa con un gran parque, en el cual puedo disfrutar de la lectura, de las noches estrelladas, de la libertad, del amor de mis mascotas, del aire limpio. Practico meditación Vipassana a diario. Trabajo de aquello que me genera mayor placer. Soy terapeuta, colaboro en el bienestar de los demás. Construí una pequeña tienda de Cristales, con libros, velas, sahumerios y todo lo asociado a las terapias desde la cual acompaño a los consultantes. La tienda está en crecimiento. Aquí está mi éxito, en la vida que he logrado. En los títulos que he conseguido, disfruto mientras estudio, sigo formándome, hago ejercicio, tengo largas caminatas por la playa, veo amaneceres y atardeceres. Tengo mis horarios, me alimento de la comida que me gusta, puedo darme el gusto de hacer viajes. Claro que sí. Tengo una vida exitosa. Solitaria, pero no sola.
Y llego el momento de disfrutar y descansar. Y ahí fue cuando apareció el miedo. Un miedo que me hacía imaginarme escenarios tremendos, miedo acompañado de una frustración que no comprendía. Algo relacionado al no poder o de perder aquello que había construido.
Fue entonces que me acerque a la biblioteca de mi pueblo y mirando los estantes les pedí a los libros que me mostraran un poco de claridad sobre lo que me estaba pasando. A unas semanas de irme de vacaciones a San Pedro de Atacama, queriendo conocer el desierto de Atacama y ese cielo maravilloso desde donde se ven más de mil mundos. Estaba pidiendo ayuda a los libros. Y fue así como encontré un libro de Paulo Coelho llamado “Las valkirias”. Regrese a casa, comencé a leerlo y ya en las primeras páginas pude darme cuenta de que tendría las respuestas. El autor expresaba que salió en búsqueda de las valkirias debido a que su maestro le dijo una frase: “ya que el éxito llena a las personas de culpa y alegría al mismo tiempo, debes estar preparado para lo que se viene”. Sí, Paulo estaba pasando lo mismo que yo o, mejor dicho, acomodando en tiempo y espacio, me estaba pasando lo mismo que a Paulo, 36 años atrás. Cada vez que se sentía cercano al éxito, hacia algo para boicotearse. Él quería hablar con su ángel y para eso tenía que romper un acuerdo, descubrir y entender en qué momento había firmado un contrato consigo mismo o con alguien más, en donde renunciaba a tener éxito. El leer esas páginas me conmocionó, pase un día completo antes que pueda volver a tomar el libro.
Comencé a pensar cuántas veces, éxito logrado, logro alcanzado, renuncie y decline a la felicidad para correr detrás de un nuevo rumbo. Algo no me estaba permitiendo disfrutar de las ganancias (no solo materiales, sino de toda índole) del trabajo, algo me impedía disfrutar de aquellos platos sabrosos que tanto tiempo había dedicado en preparar.
Y podía sentirlo, ahora que estaba en un momento de éxito podía sentir cómo se avecinaba la sensación de no poder disfrutar y de perderlo todo. Fue así como llegue a consulta de expansión de consciencia. Llame a mi antigua maestra y le comenté todo lo que venía sucediendo este último tiempo.
“Me considero una mujer abundante y afortunada, le dije, explicándole lo que les comenté unos párrafos arriba. “Temo que en cualquier momento va a acabarse y que tendré que empezar de cero”. Con estas descripciones mi maestra me pidió que me relaje, pasaron diferentes flashes en mis ojos cerrados, varios de ellos, no pude observarlos con claridad, pero sí podía sentir los dolores del cuello y la cabeza, sí podía sentir una picazón intensa y profunda en la garganta, sí podía sentir el olor a podrido, el sonido de las moscas… Mi terapeuta me preguntó qué estaba pasando, luego de describir esto, llegó una avalancha de angustia.
“Permítete llorar, permítete sentirlo todo” fueron los comentarios de mi maestra y así lo hice llore por un largo tiempo hasta que pude poner en palabras:
“Estoy… estoy con una soga en el cuello, puedo verlo, puedo sentirla, estoy terminando mi vida. Veo a mi alrededor un hermoso piso, con sillones, un piano de cola, un ventanal hermoso que da a la montaña. Es precioso, pero estoy renunciando a todo ello, estoy renunciando porque a pesar del éxito, me siento muy solo.”
Mi terapeuta por un momento me interrumpió y preguntó ¿Eres hombre o mujer?
Soy un hombre.
¿Cuántos años tienes? Tengo 36 años y lo estoy dejando todo, me siento solo, frustrado. ¿de qué me sirve tener todo lo que tengo, ser tan buen pianista, buen compositor, si no tengo con quien compartirlo?
Por un momento fui respondiendo todas las preguntas que me realizaba.
La historia de Thomas era la de un hombre que había sufrido maltrato en su infancia, podía observar la quemazón en la espalda por los cigarrillos que su padre apagaba sobre él, podía sentir su ira, su bronca, su dolor. Así también podía sentir el hambre por demostrarle a los padres que él podía superarse y ser el mejor, a pesar de que su padre le decía que jamás iba a lograrlo. Odiaba tanto al padre por maltratarlo como a la madre por no defenderlo… Entre el rencor y la falta de aceptación, pasó su vida estudiando y practicando para superarse. Se convirtió en buen músico compositor, pero también se convirtió en un hombre solitario, poco compasivo, soberbio, egoísta y desconfiado. Esto no le permitió tener vínculos sanos, alejó a todas aquellas personas, a aquellas mujeres que se acercaban a él para demostrarle cariño. Así llegó a sus 36 años, rodeado de logros materiales, intelectuales, pero no emocionales.
Él creía que estaba quitándose la vida por sus éxitos y en el fondo, lo que estaba sucediendo es que estaba quitándose la vida por no tener recursos para enfrentar el miedo que le daba abrir su corazón. En ese momento, su alma quedó allí trabada, estancada, fragmentada sin poder elevarse a la luz. Viendo únicamente a su avatar ahorcado, rodeado de moscas, putrefacto, dado que nadie había ido a buscarlo tras su desaparición.
Luego de haber realizado la sanación chamánica correspondiente, de haber cortado la soga que tenía en el cuello, de haber conversado con mis padres de esa vida, de haber liberado el alma, de haber restaurado y sanado su cuerpo éterico haciendo que por fin la energía circule de la cabeza a los pies, (sin quedar estancada por la soga en el cuello) recupere toda la energía que había perdido en esa vida con cada sufrimiento y devolví toda la energía que quite a aquellos que lastime con mi conducta.
Las reflexiones que vinieron luego fueron más que reconfortantes, traer la conciencia de que el dinero no está maldito, que el éxito no está maldito, dar la importancia que tiene el perdón al comprender que las situaciones que nos lastimaron, tienen de trasfondo el mismo poder y fuerza para hacernos lucir, para darnos fortaleza y creatividad. Si trascendemos el odio, el rencor, pronto recibiremos en Dharma aquello que vivimos en Karma.
Ese fue el momento de darse cuenta, él (mi yo de esa vida) había mal unido el éxito a la muerte. Cuando realice la reprogramación de la última escena de mi vida como Thomas, visualice como en el momento que se estaba soltando de la soga, abría la puerta esa muchacha con la que él se había estado vinculado. Ella le decía:
– “deja de poner obstáculos entre tú y yo. Intentemos que esto funcione, abramos nuestros corazones y en tal caso si no resulta, encontraremos otra solución.” Lo ayudó a cortar la soga y juntos encendieron una hoguera. Mientras prendían fuego la soga, él repetía:
– “rompo, corto y anulo el contrato que firmé con la muerte. Le digo sí a la vida, le digo sí a la abundancia, le digo sí al servicio, le digo sí al amor”. Y lo repitió tres veces. Luego lo repitieron juntos y prendieron fuego la soga. En ese momento Thomas estaba recuperando la vida, en ese momento estaba rompiendo un acuerdo, ya no le entregaba su vida a la muerte. Ahora le entregaba la vida a la vida. Y en consecuencia, yo estaba recuperando la mía.
Cuando salí del estado de expansión de conciencia, sólo pude sentir gratitud en el cuerpo, armonía. Decidí salir a leer mientras tomaba una infusión y empezaron a rodearme algunas moscas y entendí que había un movimiento más que quería hacer acerca de Thomas. Asique me acerqué al altar, encendí una vela y le hablé al maestro fuego, indicándole qué esta luz era encendida para que el alma de Thomas pueda elevarse en paz y continuar sus ciclos de aprendizaje entre existencia y existencia, que lo liberaba, que liberaba toda la energía estancada que había a su alrededor, que llevaba luz, no sólo para su alma, sino para su cuerpo y para ese lugar, esa casa en donde aún estaban las moscas.
Eleve la frecuencia de esa casa y así libere toda la energía que había quedado bloqueada. Aceptando que vuelva a mí ese fragmento de alma que vivió en Thomas, que habite mi corazón, acepto la sabiduría que trae, la música, la abundancia, el amor, la buena salud… el éxito y me abro al amor hoy cinco de marzo de 2025 me abro al amor y me brindó a la vida.